Mediante el siguiente artículo quiero someramente
retomar algunos aspectos relacionados con la obra de Yves Congar “El Espíritu
Santo” y su magnífico aporte como teólogo a la Iglesia.
Sin la pretensión de escribir una historia completa
de la pneumatología, Congar resume egregiamente las etapas y las formas de una
teología de la Tercera Persona. Sus primeros desarrollos se registran en
Oriente. Aquí fue la herejía de los Macedonianos y de los “pneumatómacos”,
enemigos del Espíritu Santo, la que suscitó la reacción de los doctores
ortodoxos. Para los pneumatómacos el Espíritu era una fuerza, un instrumento de
Dios, creado para actuar en nosotros y en el mundo: se quedaban en el plano de
la “economía”; se desconocía el de la “teología”. Tal fue la reacción de Atanasio
y de Basilio. Atanasio, partiendo de la fórmula bautismal, concluye que el
Espíritu condivide con el Padre y el Hijo la misma divinidad, en la unidad de
la misma substancia.
Basilio, retomando la argumentación de Atanasio, ha
desarrollado todavía más la posición tradicional y hace ver que afirmar que el
Espíritu es digno del mismo honor y de la misma adoración que el Padre y el
Hijo, significa confesar que los Tres son de la misma substancia.
Sin embargo, la primera elaboración sistemática de
una teología del Espíritu Santo toca a Agustín de Hipona. En su extraordinaria
obra “De Trinitate” (“Sobre la Trinidad”), él descubre lo que unifica a
las Personas divinas y lo que las distingue. Aquello que las unifica es la
esencia, la naturaleza, la substancia; lo que las diferencia es la relación: la
relación de la paternidad, la relación de la filiación y la relación de la
comunión. El Padre es Padre sólo del Hijo y el Hijo es Hijo sólo del Padre,
mientras que el Espíritu Santo es Espíritu de ambos. El Espíritu Santo, aunque
permaneciendo distinto de ellos, es común al Padre y al Hijo, es el amor
recíproco entre ellos. “Por consiguiente, las Personas divinas no son más de
tres: la primera, que ama a la que de ella nace, la segunda, que ama a aquella
de la cual nace y la tercera que es el mismo amor”[1].
El Espíritu es, pues, Espíritu y Amor de las dos primeras Personas. Por tanto,
es necesario decir que Él procede de ellas, pero principalmente del Padre,
porque el Hijo deriva del Padre el hecho de ser también él con el Padre origen
del Espíritu Santo.
La teología trinitaria de Agustín vuelve a ser tratada
y profundizada por los grandes doctores de la escolástica, en particular por Anselmo,
Ricardo de San Víctor, Buenaventura y Tomás de Aquino. Todos fundan la
distinción entre las personas divinas sobre la relación y todos identifican el
Espíritu Santo con la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. Sintetizando
la posición de Santo Tomás de Aquino, Congar escribe: El aquinatense “desde el
inicio hasta el fin de su carrera, ha acogido la idea, que le llegaba de una
tradición profunda, del Espíritu Santo como lazo de amor entre el Padre y el
Hijo”[2].
El segundo volumen está reservado al estudio del
Espíritu Santo como Vida: “Él es el Señor que da la vida”. El estudio se
articula en tres partes. En la primera, examina el Espíritu Santo como alma de
la Iglesia; la Iglesia está hecha por el Espíritu Santo; Él es el
co-instituyente de la misma. Él es el principio de comunión, es el principio de
catolicidad y de santidad; el Espíritu Santo conserva a la Iglesia
“apostólica”.
En la segunda parte, estudia el Espíritu Santo en
nuestra vida personal: el Espíritu Santo y el hombre en el diseño de Dios; el
Espíritu Santo en los tiempos mesiánicos. Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu del Hijo. Después examina la vida del Espíritu y según el Espíritu;
el Espíritu Santo y nuestra oración, el Espíritu Santo y la lucha contra la
carne; los dones y los frutos del Espíritu Santo.
En la tercera parte, examina la renovación en el
Espíritu Santo: los aspectos positivos de la renovación y los problemas. A
continuación estudia algunos carismas espectaculares, como hablar y rezar en
lenguas; profecías y curaciones. Al final, estudia las relaciones entre
renovación y ecumenismo. En la conclusión el autor subraya la verdad de que “el
Espíritu de Dios llena el universo. En él recoge todo aquello que conduce a la
gloria del Padre”.
En el tercer volumen, que es indudablemente el más
laborioso y el más interesante, se propone como tarea elaborar una nueva
pneumatología. Y por pneumatología Congar entiende “otra cosa muy distinta de
una simple dogmática de la Tercera Persona; entendemos mucho más, y en este
sentido, algo muy diverso de una exposición profunda de la inhabitación y de la
acción santificante del Espíritu Santo en las almas. Nosotros entendemos el
impacto en la visión que se logra de la Iglesia, por el hecho que el Espíritu Santo
distribuye en Ella sus dones como quiere y de este modo construye a la Iglesia.
Esto no implica solamente una consideración de estos dones o carismas, sino
también una teología de la Iglesia”[3].
De este modo emerge el vínculo estrechísimo que Congar pone entre el Espíritu
Santo y la Iglesia, entre pneumatología y eclesiología. Su pneumatología no es
tanto una parte fundamental de la teología trinitaria, la que define la persona
del Espíritu Santo en relación al Padre y al Hijo, cuanto una parte, la más
importante y más fundamental de la eclesiología, porque la Iglesia es
esencialmente obra del Espíritu Santo.
Por lo que se refiere a la formulación del misterio
trinitario, Congar emplea las siguientes expresiones: “Dios es Tríada...”, “el
Padre y el Hijo son el uno para el otro, relativos el uno del otro”, “El
Espíritu es Aquél en el cual ellos se unen, se recogen, descansan”[4].
“En el Espíritu el Padre y el Hijo descansan y sellan su comunión de vida”.
Desde el punto de vista eclesiológico, la opción de
Congar de la fórmula “el Espíritu Santo como vida” está plenamente justificada.
En efecto, el Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia: la Iglesia es
obra del Espíritu Santo. Él la crea del costado herido del Nuevo Adán,
Jesucristo, Él la nutre y la hace crecer con los sacramentos y los carismas.
Sin embargo, éste es un punto de vista “económico” y no “teológico”.
En cambio, “teológica”, bíblica y dogmáticamente es
más sólida la perspectiva agápica. En efecto, el Espíritu Santo es la comunión
de amor entre el Padre y el Hijo. Toda la Trinidad es substancialmente,
radicalmente amor, pero cada miembro de la Santa Tríada posee el amor de un
modo singular y personal: de hecho, es amor fontal el Padre, es amor receptivo
el Hijo, es amor comunional (esponsal), es comunión de amor el Espíritu Santo.
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