jueves, 5 de junio de 2014

La divinidad del Espíritu Santo, según Yves Congar

Mediante el siguiente artículo quiero someramente retomar algunos aspectos relacionados con la obra de Yves Congar “El Espíritu Santo” y su magnífico aporte como teólogo a la Iglesia.

Sin la pretensión de escribir una historia completa de la pneumatología, Congar resume egregiamente las etapas y las formas de una teología de la Tercera Persona. Sus primeros desarrollos se registran en Oriente. Aquí fue la herejía de los Macedonianos y de los “pneumatómacos”, enemigos del Espíritu Santo, la que suscitó la reacción de los doctores ortodoxos. Para los pneumatómacos el Espíritu era una fuerza, un instrumento de Dios, creado para actuar en nosotros y en el mundo: se quedaban en el plano de la “economía”; se desconocía el de la “teología”. Tal fue la reacción de Atanasio y de Basilio. Atanasio, partiendo de la fórmula bautismal, concluye que el Espíritu condivide con el Padre y el Hijo la misma divinidad, en la unidad de la misma substancia.

Basilio, retomando la argumentación de Atanasio, ha desarrollado todavía más la posición tradicional y hace ver que afirmar que el Espíritu es digno del mismo honor y de la misma adoración que el Padre y el Hijo, significa confesar que los Tres son de la misma substancia.

Sin embargo, la primera elaboración sistemática de una teología del Espíritu Santo toca a Agustín de Hipona. En su extraordinaria obra “De Trinitate” (“Sobre la Trinidad”), él descubre lo que unifica a las Personas divinas y lo que las distingue. Aquello que las unifica es la esencia, la naturaleza, la substancia; lo que las diferencia es la relación: la relación de la paternidad, la relación de la filiación y la relación de la comunión. El Padre es Padre sólo del Hijo y el Hijo es Hijo sólo del Padre, mientras que el Espíritu Santo es Espíritu de ambos. El Espíritu Santo, aunque permaneciendo distinto de ellos, es común al Padre y al Hijo, es el amor recíproco entre ellos. “Por consiguiente, las Personas divinas no son más de tres: la primera, que ama a la que de ella nace, la segunda, que ama a aquella de la cual nace y la tercera que es el mismo amor”[1]. El Espíritu es, pues, Espíritu y Amor de las dos primeras Personas. Por tanto, es necesario decir que Él procede de ellas, pero principalmente del Padre, porque el Hijo deriva del Padre el hecho de ser también él con el Padre origen del Espíritu Santo.

La teología trinitaria de Agustín vuelve a ser tratada y profundizada por los grandes doctores de la escolástica, en particular por Anselmo, Ricardo de San Víctor, Buenaventura y Tomás de Aquino. Todos fundan la distinción entre las personas divinas sobre la relación y todos identifican el Espíritu Santo con la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. Sintetizando la posición de Santo Tomás de Aquino, Congar escribe: El aquinatense “desde el inicio hasta el fin de su carrera, ha acogido la idea, que le llegaba de una tradición profunda, del Espíritu Santo como lazo de amor entre el Padre y el Hijo”[2].

El segundo volumen está reservado al estudio del Espíritu Santo como Vida: “Él es el Señor que da la vida”. El estudio se articula en tres partes. En la primera, examina el Espíritu Santo como alma de la Iglesia; la Iglesia está hecha por el Espíritu Santo; Él es el co-instituyente de la misma. Él es el principio de comunión, es el principio de catolicidad y de santidad; el Espíritu Santo conserva a la Iglesia “apostólica”.

En la segunda parte, estudia el Espíritu Santo en nuestra vida personal: el Espíritu Santo y el hombre en el diseño de Dios; el Espíritu Santo en los tiempos mesiánicos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu del Hijo. Después examina la vida del Espíritu y según el Espíritu; el Espíritu Santo y nuestra oración, el Espíritu Santo y la lucha contra la carne; los dones y los frutos del Espíritu Santo.

En la tercera parte, examina la renovación en el Espíritu Santo: los aspectos positivos de la renovación y los problemas. A continuación estudia algunos carismas espectaculares, como hablar y rezar en lenguas; profecías y curaciones. Al final, estudia las relaciones entre renovación y ecumenismo. En la conclusión el autor subraya la verdad de que “el Espíritu de Dios llena el universo. En él recoge todo aquello que conduce a la gloria del Padre”.

En el tercer volumen, que es indudablemente el más laborioso y el más interesante, se propone como tarea elaborar una nueva pneumatología. Y por pneumatología Congar entiende “otra cosa muy distinta de una simple dogmática de la Tercera Persona; entendemos mucho más, y en este sentido, algo muy diverso de una exposición profunda de la inhabitación y de la acción santificante del Espíritu Santo en las almas. Nosotros entendemos el impacto en la visión que se logra de la Iglesia, por el hecho que el Espíritu Santo distribuye en Ella sus dones como quiere y de este modo construye a la Iglesia. Esto no implica solamente una consideración de estos dones o carismas, sino también una teología de la Iglesia”[3]. De este modo emerge el vínculo estrechísimo que Congar pone entre el Espíritu Santo y la Iglesia, entre pneumatología y eclesiología. Su pneumatología no es tanto una parte fundamental de la teología trinitaria, la que define la persona del Espíritu Santo en relación al Padre y al Hijo, cuanto una parte, la más importante y más fundamental de la eclesiología, porque la Iglesia es esencialmente obra del Espíritu Santo.

Por lo que se refiere a la formulación del misterio trinitario, Congar emplea las siguientes expresiones: “Dios es Tríada...”, “el Padre y el Hijo son el uno para el otro, relativos el uno del otro”, “El Espíritu es Aquél en el cual ellos se unen, se recogen, descansan”[4]. “En el Espíritu el Padre y el Hijo descansan y sellan su comunión de vida”.

Desde el punto de vista eclesiológico, la opción de Congar de la fórmula “el Espíritu Santo como vida” está plenamente justificada. En efecto, el Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia: la Iglesia es obra del Espíritu Santo. Él la crea del costado herido del Nuevo Adán, Jesucristo, Él la nutre y la hace crecer con los sacramentos y los carismas. Sin embargo, éste es un punto de vista “económico” y no “teológico”.

En cambio, “teológica”, bíblica y dogmáticamente es más sólida la perspectiva agápica. En efecto, el Espíritu Santo es la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. Toda la Trinidad es substancialmente, radicalmente amor, pero cada miembro de la Santa Tríada posee el amor de un modo singular y personal: de hecho, es amor fontal el Padre, es amor receptivo el Hijo, es amor comunional (esponsal), es comunión de amor el Espíritu Santo.




[1] San Agustín, De Trinitate, VI, 5, e.
[2] Yves Congar, Credo nello Spirito Santo, Ed. Queriniana, Brescia 1981, vol.I, p. 104.
[3] Yves Congar, op.cit., vol. I, p. 178.

[4] Ivi, p. 156.

Por. Eduardo Alarcón Rincón